Ni un pelo de zonzas

femiñetas 8. Entre la desobediencia a los mandatos de belleza y el hartazgo de las horas dentro de una peluquería, ellxs eligieron dejar de teñirse, mostrar sus canas y aceptar el paso del tiempo como un goce más que como una carga. Por virginia giacosa / Ilustración tania vaiana.

Tengo un lunar en el pelo. Dos hilos gris plata irrumpen en mi cabellera marrón. Cuando hablo con otros me divierte observar los ojos con que miran mi mechón de canas. Juego a adivinar qué pensarán de él. ¿Se lo tiñe ella porque se usa? ¿Es natural? ¿Son canas realmente? ¿No se lo va a tapar nunca? ¡Qué mal le sientan! Mi tío tenía uno igual y lo cuento cada vez que me preguntan. Bromeo con que se parece un poco al de cruella de vil y otro poco al de susan sontang. Aunque nunca le pregunté, mi jefa opina que cuando quede completamente blanca voy a tener que teñirme porque “quedaré desaliñada”. Mis amigas, en cambio, dicen que sólo yo lo puedo llevar así porque tengo personalidad. Lo que no tengo es constancia y creo que ese es el secreto para que las canas le hayan ganado terreno a la peluquería.

Desde hace un tiempo descubro que somos más las mujeres que no escondemos las canas, que nos alejamos de las tinturas y de los mandatos de belleza asignados. Y varias veces me reconozco admirando sus cabellos gris plata, la forma en que lo llevan, si lo envuelven con una vincha, si se rapan a un costado, si los usan enrulados, cortos o largos. Y a veces los comparo con los míos.

También me pregunto cómo me veré de acá a unos años cuando el lunar deje de ser sólo eso: una mancha gris, un punctum plateado en el medio de mi frente. ¿Lo llevaré con la misma soltura que ahora? ¿Me verán descuidada? ¿Me sentiré vieja? ¿Acaso me tratarán de bruja?
El cabello gris se trenza con la idea de vejez, con el paso del tiempo, la falta de fecundidad, la no productividad en una sociedad que privilegia la juventud ante todo y se asocia por eso también con las arrugas y hasta la soledad. Se exige que la cabeza femenina oculte los años, mientras que el pelo blanco de los varones es un paisaje que se muestra al natural.

Y aunque en general las canas se ven en mujeres de edad, no es nada raro que aparezcan desde los 20 años (y antes también) y algunas de las mujeres a las que les pregunté son muestra de eso. ¿Qué sucede con el deseo de no ocultar el paso del tiempo? ¿Fueron descalificadas por alejarse del mandato de belleza y de eterna juventud? ¿Cómo se ven? ¿Cómo se sienten miradas? ¿Hay cierta liberación? ¿Tuvieron que ver los feminismos en esta decisión?

Hablo con carolina balderrama (periodista, docente y poeta) para saber si fue en la cuarentena cuando decidió dejar de teñirse y me dice que lo suyo viene desde hace uno o dos años antes pero que durante la pandemia agradeció la decisión.

“Me había cansado de la rutina de más de 10 años (en el último tiempo una vez por mes) de teñirme el cabello. Había entrado en un punto donde ya no lo reconocía como propio”. Era el comienzo del verano de 2019 y la habían despedido de su trabajo en la Agencia Télam. “Como estaba menos expuesta a la mirada externa y hacía teletrabajo me fui dejando crecer el cabello hasta que la tintura desapareció por completo. Fue toda una larga transición”.

carolina balderrama.

Como prefirió dejarlo crecer en vez de cortarlo el proceso fue bastante manifiesto y al final lo sintió como una liberación: “No en términos súper extremos porque cada persona puede utilizar la tecnología que le parezca en la construcción de su corporalidad. La tintura es una tecnología, la pintura de bocas y de uñas son tecnologías, en el cis sexismo se cree que la manera de ser mujer o varón no utiliza tecnología de intervención del cuerpo con respecto a las identidades que no son binarias, pero sí que se usan”.

El agobio de la peluquería es el punto de partida y el de llegada a las canas en casi todos los relatos. “La motivación fue el hartazgo”, resume la médica que luce una hermosa cabellera larga y gris.

margarita alonso

En su caso, las canas aparecieron desde los 20 y poco antes de los 30 ya tenía la cabeza repleta. “No se tapaban con ese tono sobre tono que se iba con los lavados, así que arranqué a teñirme una vez por mes todo el pelo y cada 15 días me hacía el retoque. Era una tortura porque no tengo vocación para la peluquería. Era re denso. Estaba cansada y al mismo tiempo no me imaginaba que me iba a atrever a no teñirme”, cuenta.

Para la fotógrafa silvina salinas más difícil que dejar de teñirse fue convencer a su peluquera para que dejara de usar tintura. Entonces no tuvo más remedio que cambiarla por otra. “Llegué con un peluquero que me entendió perfectamente y aceptó lo que quería”, dice y agrega: “No me gusta ir a la peluquería ni teñirme sola, era un trabajo extra que no disfrutaba nada y tenía cada vez menos pelo o se me arruinaba más. Así que empecé a cortarme de a poco y dejar de teñirme para que aparezca lo blanco natural. Eso sí hoy uso un shampoo para que las canas sean blancas y no amarillas”.

La poeta, escritora y bibliotecaria verónica laurino, se presenta en su perfil de facebook como Negro Intenso pero su pelo está cada vez más gris. Le pregunto por ese cambio y dice: “Empecé a teñirme de ese color oscuro cuando tenía 30 años porque sentía que el mío natural, el castaño oscuro, no me representaba. Eran épocas donde prefería estar del lado de la oscuridad”.

Pero fue al cumplir los 50 se hartó de la esclavitud. Aunque liberarse no fue tan fácil como pensaba y le generó una conmoción. “Al empezar a crecer las raíces blancas y al arratonarse el negro intenso me horroricé de ese paisaje y decidí pelarme”, cuenta.


Las canas de la fotógrafa fernanda forcaia son hereditarias por rama materna. “Tías, tíos, primas y primos estamos hermanades por los mismos mechones blancos”, cuenta.
Las primeras le salieron a los 15 años, eran imperceptibles entre tantos rulos negros. Pero a los 30 ya eran visibles y se manifestaron en forma de lunar, lo que daba «un toque exótico».

“Después de distintos cortes de cabello, carré, rapado, rebajado, a mis 40 años y luego de la explosión hormonal por el embarazo aparecieron en casi toda la cabeza. Ahí volví a raparme y decidí teñirme todo el pelo porque empecé a sentir aburrimiento de los grises”.

fernanda forcaia


Eso lo sostuvo durante varios años hasta que empezó a extrañar el mechón blanco familiar. Entonces fue a la peluquería y pidió que le aislaran el mechón de canas y le tiñeran el resto de un color oscuro. “Así empezaron a revivir”, dice. Un día al ver cómo el pelo se le secaba por la tintura dejó de ir a la peluquería. De eso ya pasaron casi tres años. Ahora tiene 51, las canas salen libres, brillantes, orgullosas y se siente reconciliada y feliz con ellas.

Para soledad gorostiaga, integrante de la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, las canas son una compañía desde los 15 años.
Su rostro está marcado por dos mechones blancos y el resto de las canas le aparecen por debajo de las primeras capas de pelo. Si se deja el cabello suelto solo se ven las cintas, y si se lo ata resulta que tiene la cabeza canosa. “Puedo ser dos diferentes en cuestión de segundos”, dice.

Ser distraída fue lo que la alejó de la visita a la peluquería. “Hubiera pasado meses con la cabeza de dos colores”, explica y agrega: “Convivo con mis canas muchas veces sin registrarlas, otras digo ‘mañana me hago el shampoo color’, y otras veces me gusta cómo me quedan mis dos mechones”.

soledad gorostiaga

El compañero que margarita tenía al momento de dejarse ver las canas la alentó un montón al cambio, a la familia de fernanda le gustó y muchas personas que cruza en el transporte público le hacen lindos comentarios. Las amigas de silvina le decían que estaba loca pero con el tiempo se acostumbraron. “Creo que te terminan viendo según como lo llevas, en mi caso, cómoda”, dice.

Cuando verónica regresó de la peluquería con el cabello corto y blanco su compañero de 30 años de convivencia no se atrevía a mirarla. «Sin embargo, sabía que no tenía derecho a decidir por mí», dice ella con sus canas bien presentes.

¿Qué voy a parecer? Fue la gran pregunta que las asaltó a casi todas. Y paso seguido la palabra vieja fue el arquetipo que se les presentó y que poco a poco tuvieron que desarmar.

«Son parte de «una etapa más de este sincericidio que es el camino a la vejez y que hay que disfrutar».

verónica laurino

“Son mías. ¿Cuál es el miedo? ¿Las canas te hacen grande? ¡Yo soy grande y qué!”, afirma soledad gorostiaga.

Esos cabellos blancos, aún en la juventud, vienen del pasado. Son las marcas del tiempo, las huellas de lo vivido, los saberes que las mujeres adquirimos acerca del mundo y también de acerca de nosotras mismas. Asoman como hilos de resistencia a la feminidad tradicional pero también como signos de goce y libertad.

Y la elasticidad con que los pelos grises crecen, se mueven y se despliegan es similar a la del deseo que mueve a llevarlos en su cabeza. Porque sus canas son más una elección que un manifiesto. Que cada pelo blanco crezca libre y como quiera parece ser su gesto subversivo más allá del color.

Para balderrama lo suyo no tuvo que ver con ninguna consigna: “No voy por la vida tratando que las personas hagan esto que es una decisión personal. No me interesa formar parte de un corpus o un nuevo mandato de cómo interpretar a una buena feminista o trans feminista, quiero decidir cómo componer este paisaje que es mi cuerpo, que puede ser móvil e inestable. Tal vez la semana que viene decido volver a teñirme y también va a estar bien”.


En la misma sintonía se para soledad y opina: “El color de la cabeza de la gente no es lo importante, sino que a la gente le guste el color que lleva en la cabeza».

Con humor y hasta con rima la poeta verónica laurino concluye: “No milito por las canas, cada una hace lo que le da la gana”.

Texto: @virgiaco Ilustración: @taniavaiana

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