Es ley

Elegir no gestar abre también una discusión sobre cómo queremos enfrentar la maternidad. Por virginia giacosa.

Es de madrugada. Sobre la calle caliente se levanta el viento que quiere apagar el fuego de todo el día. Con hijx llevamos la humedad pegada al cuerpo. Dejamos atrás la plaza, emprendemos el retorno a casa.

De camino encontramos una pegatina en la pared. Es la foto del día 8 de marzo de 1984. Se ve a una mujer subiendo al Monumento de los Dos Congresos con una pancarta en la mano. Atrás, la multitud de mujeres con más proclamas. Pero ella (maría elena odonne, líder del Movimiento de Liberación Femenina y una de las primeras en salir a la calle para pedir por la legalización del aborto) es la que está en primer plano, casi como en la escena de una película. Erguida, delgada, con un vestido blanco que se entalla a la cintura con un lazo y una cartera colgada del hombro. En la mano, el cartel que dice: “No a la maternidad, sí al placer”.

La imagen –que originalmente es en blanco y negro– está intervenida y el vestido de la mujer en vez de verse blanco está teñido de verde. El color que desde hace tiempo ya identificamos como verde aborto. El mismo que llevan las chicas que caminan de frente a nosotrxs. El del glitter que chorreaba en las tetas de las que bailaban descalzas en la plaza. El del barbijo de una vieja feminista. El del pañuelo de la Campaña Nacional por el Derecho al aborto Legal, Seguro y Gratuito (ese que se empezó a usar por primera vez en el año 2003 en el Encuentro Nacional de Mujeres de rosario donde se hizo la Asamblea por el Derecho al Aborto, convocada por dora coledesky). Ese verde que desde hace más de 15 años se eligió como símbolo de vida –una palabra que intentaron arrebatar los movimientos antiderechos todos estos años– y también de bienestar y de salud.

Fotografia: virginia giacosa

“Este es un día histórico”, había dicho hijx unas horas antes de salir de casa para justificar que tenía que ir conmigo a la plaza, adonde ni bien llegó se mezcló con otrxs niñxs, corrió, bailó, cantó y se anticipó al festejo que llegaría en unas horas pero que ya se dejaba saborear. Y tenía razón.

La foto en blanco y negro pegada en nuestra calle me decía dos cosas: una, que la lucha por el aborto legal no nació de un repollo (y que empezó antes que nosotras llegáramos acá) y otra, que un reclamo así de histórico era hora que se haga realidad.

Pero él se detuvo en la frase: “No a la maternidad, sí al placer”. Y preguntó qué quería decir, qué significaba ese mensaje, qué sentido tenía. Aclaró que entendía perfectamente que maternidad es ser mamá y tener hijxs. ¿Pero placer? ¿Qué quiere decir? ¿Por qué esa palabra estaba ahí?

Antes que pudiera responderle y cuando sólo me limitaba a darle sinónimos como goce y disfrute él me interrumpió con el dato de que en un videojuego que le gusta hay un espacio al que llaman “Parque Placentero”. Según dijo es un lugar muy verde, bordeado por hileras de setos sagrados y albercas adormecidas. Y que quienes llegan hasta ahí solamente descansan, reposan, juegan. Y que todo en ese lugar es relajación.

La frase del cartel perforó justo ahí donde pareciera que ser madre es exactamente lo opuesto al disfrute.
¿Me amenazaba aquel lema como alguna vez lo hicieron los feminismos nacidos de la segunda ola con su discurso antimaternal? O peor aún: ¿Cómo defender después de un año de tareas domésticas y escolares espesas el goce de la maternidad sin caer en otro mito?

En abril de este año leí  El nudo materno de jane lazarre.  El libro tuvo su primera edición en 1976, cuando el tema de la maternidad no formaba parte de la agenda ni siquiera del feminismo y era bastante ninguneado en los ámbitos políticos, culturales y académicos. La autora narra en primera persona y con un registro íntimo el desafío cotidiano de la maternidad, sus rutinas alienantes y los mandatos sociales que pesan sobre su vida y la de muchas. “Me había convencido de que era la única madre del mundo que odiaba al niño al que amaba con una intensidad enorme”, dice la autora.

Cruda y honesta, la escritura de lazarre se aleja de las simplificaciones para hundirse en las capas complejas de una experiencia, la de ser madre. Dejando al descubierto por momentos que se puede tener el poder absoluto sobre una persona y al mismo tiempo sentirse una esclava. “No tengo instinto maternal. Me las arreglo como puedo hasta que lo calmo, nada más. Es mi obligación. Tú pruebas cinco minutos y dices: ‘¡Qué se joda!’ y te vas a leer tu puto artículo”, le dice la Jane del libro a su marido en una de las tantas discusiones provocadas por el agotamiento. Frase que hace que leerlo hoy sea tan relevante como hace 40 años.

Vuelvo a la imagen de la pancarta. Quiero decirle a hijx que el problema no es tanto ser madre como que te obliguen a serlo sin que quieras. Que te impongan lo que no deseas. Que tu cuerpo sea un envase. Que no puedas decidir que hacer con él. Que no seas libre. Que el Estado te tutele. Que no tengas el mismo poder que los varones tienen desde que nacen hasta que mueren.

Pero su pregunta me arrincona. ¿Qué es lo que lo intriga a él de esta dicotomía? ¿Qué es lo que pretende de mi respuesta? El derecho al aborto interpela a quienes deciden no maternar pero también a quienes decidimos hacerlo. Y al mismo tiempo que se elige no parir, se abre (al menos para mi) una discusión sobre cómo queremos enfrentar la maternidad y cómo decidimos habitarla.

Fue antes de que comenzara diciembre que recorrí la muestra “Maternidad” de la artista silvia lenardón compuesta por una serie de dibujos autobiográficos. Las figuras son livianas, juguetonas y se alejan por completo de la carga mental, la rigidez, las preocupaciones que siempre van asociadas a la maternidad. Pese a las líneas predominan los contornos que tienden a las redondeces. Aparecen manos que pintan, pies descalzos, zapatos con hebilla y taquito, tetas que chorrean gotas generosas, ojos enormes, lágrimas, bocas hambrientas y chillonas, pestañas arqueadas, pajaritos, flores y hasta mariposas. Las formas dan la idea de un cuerpo fragmentado, partido, estallado pero también multiplicado. Las pinturas tienen un aire más pícaro que naif y hacen que hasta lo ominoso se mezcle con la ternura.

La artista y amiga, pauline fondevila, escribió un texto para el libro editado por Iván Rosado, donde coloca a lenardón lejos de cierta vida adulta, lejos de cierta vida de madre: “Me pregunto si ser madre sin ser adulta (lo opuesto a ser niña madre) no sería la utopía más potente, el mejor programa político feminista”. 

La urgencia de esta noche es que el aborto sea ley. Que dejen de morir mujeres y personas gestantes por prácticas clandestinas. Que la maternidad sea deseada. Que podamos decidir si queremos gestar o no. Y que también podamos elegir cómo queremos habitar la maternidad. Para que no sea un destino pero tampoco un manual de uso. Con lugar al arrepentimiento pero no a la culpa. Con más creatividad que responsabilidades. Con más goce que mandatos. Con derecho a vivirla con sus claroscuros. La maternidad puede ser lo mejor y lo peor del mundo. Que sea con la licencia para deslizarnos en ese parque verde y placentero. Sin que la identidad y el deber ser nos devoren.

Texto: @virgiaco Ilustración: @juant.a

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1 comentario en “Es ley”

  1. El derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida siempre ha sido para las mujeres el mas difícil de conseguir. Se sigue considerando que existe un «instinto maternal» lo que significaría que todas quieren ser madres, mas allá de su voluntad, lo que es una gran mentira. Una de las columnas que sostiene el patriarcado es justamente la maternidad forzada.

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