Con letra A

Una inusual picazón en su ojo izquierdo lo despertó a un horario inadmisible. Pensó que era lagaña matutina, la cual era muy común en la primavera. Pero resultó que era julio. Quizás el ojo me está queriendo decir algo, pensó, y se dirigió hacia el baño para mirarse al espejo esperando que le revelase el problema. Silencio absoluto. Y claro, se dijo, es un ojo, qué va a decir. 

Decidió salir a caminar, quizás el paseo le hiciera olvidar el malestar. Estaba intranquilo. Solamente podía ver la mitad del mundo, aquel que ocurría a su derecha. Le preocupaba perderse de muchas cosas interesantes. Durante su caminata no encontró gente en la calle. De hecho, era el único. Eso suele pasar en los pequeños pueblos de su provincia en los que por suerte no hay mucho para esquivar. Siempre le llamó la atención lo grande que era ese lugar para la escasa cantidad de gente que vivía y trabajaba allí.

Prácticamente encorvado, con ambas manos en su ojo izquierdo, sintió cuando alguien lo detuvo.

__ ¿Estás bien?__ le preguntaron.
__No, mi ojo izquierdo me molesta.
__Andá al aquelarre__ le aconsejaron.

Jamás se había acercado al aquelarre. Tenía fama de lugar embrujado y funesto. Pero el dolor manda, esa es la regla. Por suerte quedaba en la misma vereda. Un cuento fantástico lo habría ubicado en medio del monte, hecho de leña y paja. Pero este era de material y estaba justo al lado de la heladería del pueblo. Tocó la puerta, se abrió sola. Sintió una presencia pero no vio gente. Encontró una nota sobre la mesa y la tomó presuroso para salir de allí inmediatamente. Ese sitio realmente lo incomodaba. En el papel decía: “USÁ LA A, QUE PARA ESO ESTÁ”. La rima le dio risa. Descreído y entregado, se dijo: vamos a lo seguro y enfiló mano en parche hacia la farmacia. Atravesando la plaza se volvió partícipe circunstancial e innecesario de una charla casual de la cual solo alcanzó a escuchar un “todos” seguido de un burlón “y todas”. Frenó en seco y repitió la frase porque le recordó a la nota del aquelarre. Todos y todas, dijo bien fuerte. No ocurrió mucho, pero la molestia había disminuido, y eso logró aplacar su agnosticismo. Usá la A, que para eso está, se repetía.

No alcanzaba a entender qué tenía que ver ese truco con su dolencia ocular. Pero si servía, era capaz de tatuarse la letra en la cara. Buscó un lugar tranquilo en la plaza, que no estuviera concurrido porque le daba vergüenza hablar solo. Tomo aire, respiró hondo, buscó un punto fijo en el cual mirar para no perder la concentración y comenzó a nombrar cuanto sustantivo recordaba cambiando la o por la a. Trabajador y trabajadora, luchador y luchadora, consumidor y consumidora, profesor y profesora, doctor y doctora, jugador y jugadora, lector y lectora. En un frenesí discursivo, su boca se transformó en un tobogán verbal por donde se disparaban unas tras otras palabras que estaban casi sin uso. Con el correr del juego, no solo la picazón se fue, sino que el ojo izquierdo cobró vitalidad y se abrió al mundo. En aquella plaza, que había aparentado estar desierta, comenzaron a aparecer figuras para él desconocidas. Decenas de mujeres que veía por primera vez se paseaban por las veredas y los negocios. Eran las médicas, arquitectas, farmacéuticas, deportistas y demás vecinas que jamás había podido ver. Incluso, en la casa contigua a la heladería pudo ver un grupo de mujeres vestidas de verde saludándolo mate en mano.

No era que no existiesen, él no las había visto. No era que no existiesen, él no las había nombrado

Texto: matias finucci curi Ilustración: @amalgamuda

matias finucci curi es «docente desde la perspectiva de género y para los derechos humanos. A pesar de ser profesor, licenciado en ciencias políticas iy doctor en ciencias sociales, no dejan de presentarlo como «el negro finucci». Mirador compulsivo de cine y escritor por el placer de incomodar.

amalgamuda es alena, barcelonesa y maestra de primaria de profesión dibuja desde que tiene uso de razón. La figura femenina comprende la mayor parte de sus ilustraciones, y es casi imposible no encontrar ni un ápice de reivindicación en cualquiera de ellas. Vivan las mujeres, al natural, despeinadas y perfectamente imperfectas.


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