La mujer que se consiguió un continente propio

«Donde conrad ve oscuridad, sombras y espectros, ella se detiene a observar “la majestuosidad y belleza de la escena”. La vida de mary kingsley desde londres a los rincones de áfrica en pleno siglo XIX y sin pantalones. Un perfil de andrea calamari e ilustración de aldana fiandrino.

El mundo es de los hombres. Los viajes son para los hombres. Las exploraciones las hacen los hombres. Eso lo sabe cualquier señorita inglesa. virginia woolf es una señorita inglesa y entonces lo sabe, aunque le gustaría ir a cambridge como sus hermanos acepta lo que es y se conforma con una educación en la biblioteca de su padre. Más adelante pedirá un cuarto propio para las mujeres.

Pero faltan veinte años para el nacimiento de virginia woolf y además esta no es su historia sino la de otra señorita inglesa menos conocida, que se llama mary kingsley y que, a falta de un cuarto propio, se consiguió un continente propio. Vayamos al principio. El año es 1862 y el lugar es un barrio del norte de londres, ahí nace mary kingsley, la primera hija de un matrimonio a las apuradas. Así nace, y después crecerá entre los dos mundos que se chocaron cuando su padre, un médico con ínfulas de escritor, dejó embarazada a su criada. 

El señor kingsley era un médico con renombre y apellido pero prefería los viajes a los tratamientos, de modo que se las ingenió para convertir a la medicina en una excusa para recorrer el mundo. Era el médico viajante: llevaba a sus pacientes a hacer curas viajeras al sol de españa, a unas islas en el pacífico o a las tierras de los sioux en américa. Era también el médico curioso que recorría tribus y poblaciones alejadas de la vida urbana inglesa en busca de pócimas sanadoras. Mientras, su familia lo esperaba en Londres: la esposa, la hija y un hijo que llegó después. mary y su hermano crecían y sus caminos se iban separando de acuerdo a lo que dictaba la época, él se fue a cambridge y ella se quedó en casa cargando su doble herencia: el gusto de su padre por los viajes y el acento cockney de su madre, ese de los barrios bajos de londres, que la diferenciaba de las otras señoritas.

De repente la vida es esto: su padre de viaje por el mundo, su hermano estudiando en la universidad y ella a cargo de la casa y de su madre que se ha quedado inválida; lo único que guarda para sí son algunos ratos libres en la biblioteca. Además está el tema del libro que su padre quiere escribir con la información que ha recopilado en sus viajes por áfrica y todas esas notas desordenadas que va dejando y que alguien debería organizar. mary lo hará. Ordenará apuntes de zoología, de botánica, de antropología. Podemos imaginarla entre papeles sueltos en la biblioteca, leyendo sobre bubis, chokwes, fangs, y soñando con salir de esa casa. No es extraño que áfrica se haya convertido en una especie de obsesión para ella.

Mientras las otras señoritas leen novelas de jane austen o charlotte brontë, mary consulta mapas, lee a Darwin y arma la geografía de un mundo que -cree, teme- no conocerá jamás. Mary Kingsley es distinta: puro instinto animal maniatado por todos lados, pero eso todavía nadie lo sabe. Para ella, esto es la vida y así seguirá. Está por cumplir los treinta y las perspectivas de futuro son bien tacañas. Pero un día el padre se muere y unas semanas después se muere la madre. Sin obligaciones el mundo se abre y se presenta como una posibilidad. 

«Por primera vez en mi vida me encontré en posesión de cinco o seis meses que no estaban determinados por otros y, sintiéndome como un niño con media corona, divagué sobre qué hacer con ellos».

No sólo tiene unos meses para hacer con ellos lo que quiera, también tiene una herencia y algo más que una corona, tiene 500 libras al año para gastar como quiera. Entonces mary se va a áfrica. Su cabeza y su imaginación están llenas de esas historias de exploradores y las notas inconclusas de su padre sobre los ritos y fetiches religiosos. Le advierten que el áfrica negra no es un lugar para una mujer blanca, le dicen que es un continente para hombres intrépidos como stanley, livingstone o sir richard burton. Le muestran un mapa en el que se señala cada una de las enfermedades que puede contraer en “la tumba del hombre blanco”. Afortunadamente mary no es un hombre blanco. 

Ese día de agosto de 1893, en el puerto de liverpool, deja de ser una solterona y se convierte en una exploradora. Viajan sólo tres mujeres en el barco pero las otras dos se bajan en las islas canarias, mary sigue hasta freetown, la capital de sierra leona. Cuando desembarca, lo primero que siente es un gran agobio ante todo lo que ve y escucha. Los sentidos le van explotar ante un tráfico del infierno: circulan mercancías, gentes, comidas, animales. áfrica grita y mary muy pronto la aprenderá a escuchar. 

A sierra leona le siguieron luanda, angola y nigeria y la palabra que resume su experiencia es la fascinación. mary se mueve por áfrica como si la conociera, unos nativos la guían, otros le acarrean el equipaje. Pronto se da cuenta de que había cargado más de lo necesario, mucho más: una bolsa de dormir que incluía sábanas, una cámara fotográfica, un diario de viaje personal y otro científico, un cuchillo, un revólver, frascos con formol, cajas de té, botas de cuero, sombreros y, por supuesto, los vestidos. Hace falta describir a esa mujer que se mueve por los bosques tropicales. Flaca, alta, parece frágil pero está bien parada. De arriba a abajo: sombrero, cuello cerrado, moños, mangas abullonadas hasta las manos y el borde del vestido hasta los pies, guantes, medias de lana, botas de cuero y una sombrilla siempre en la mano. Mary anda por áfrica con los mismos vestidos que usaba en londres: de pana, de tafetán o de terciopelo, con enaguas, con faldones y con volados.

Arrastra kilos de vestido por la selva y bajo el sol. Cada mujer con la que se cruza en áfrica le pregunta dónde está su marido. mary kingsley es feliz en el mismo lugar que joseph conrad, oficial y capitán de la marina mercante inglesa, describe como el mismísimo infierno en El corazón de las tinieblas. Donde conrad ve oscuridad, sombras y espectros, ella se detiene a observar “la majestuosidad y belleza de la escena” y, si es necesario, espanta a paraguazos a bestias y tinieblas.

Convive con los igalwa, los m’ponge, los adooma, los ajumba, los fang, los bubi y los fantilos, viaja en canoas y piraguas, camina por el barro, ama todo de ese lugar y se siente viva: “lo que yo experimento es la sensación de perder el sentido de la individualidad, olvidar cualquier recuerdo de la vida humana, con sus penas, sus preocupaciones y sus dudas, y pasar a formar parte de la atmósfera.”

¿Se acordará mary de que hace apenas unos meses vivía encerrada en una casa y su única perspectiva de vida era cuidar a su madre hasta la muerte? inglaterra está tan lejos y tiene tantas cosas que hacer acá que no vale la pena. Navega un barco y manda fotos, está con caníbales y manda fotos, escala 4000 metros y manda fotos, escribe en su diario, ironiza, se divierte y se ríe de sí misma. Se ha convertido en otra y entonces vuelve a londres.

Cada movimiento de esa mujer sacada de un salón victoriano en territorio africano alimentó el imaginario de la Inglaterra colonial a la que le gustan los actos fundantes: un lugar nunca pisado por un europeo, un camino nunca recorrido por un europeo, una tribu nunca visitada por un europeo, un río nunca cartografiado por un europeo. Por todos esos lugares anduvo Mary Kingsley, que no era un europeo sino una europea y todos quieren saber cómo fue. 

Después de treinta años encerrada, cualquier persona se vuelve lenta o perezosa, en cambio mary se mueve rápido: hace un acuerdo con el Museo Británico (que tiene ahora los insectos, plantas y reptiles que trajo), firma otro con un editor porque sabe que escribirá sobre sus viajes. También sabe que este primer viaje no será el último y trajina para conseguir apoyo, libras y suministros. Volvió dos veces más a áfrica y ya aprendió a viajar ligera: el peine, el diario, el té y el instrumental científico. De vuelta de su segundo viaje la exploradora se presentó muchas veces frente a un público inglés que se juntó para escuchar a la mujer que vivió entre caníbales y volvió para contarlo. 

“¿Que si tenía miedo a los caníbales? Cuando veían mi cara blanca, los niños de la aldea soltaban un alarido como si estuvieran ante el mismísimo Satanás”.

En 1897 mary kingsley publicó un libro que se convirtió rápidamente en best seller: Viajes en África Occidental. Con sus historias los ingleses se divierten: ven tornados, ven gorilas y cocodrilos, la siguen mientras escala una montaña imposible para sus vestidos, todos se ríen cuando cuenta que derrotó a un leopardo con una jarra de agua y que espantó a un hipopótamo con su sombrilla. El problema es que mary no sólo cuenta anécdotas graciosas. Con sus tesis, argumentos y opiniones los ingleses se sorprenden, algunos se enojan. Dice que los negros no son inferiores a los blancos, sólo menos desarrollados. Dice que la poligamia es un gran invento, “cuantas más mujeres, menos trabajo”, y uno no puede dejar de pensar que se acuerda de sus días en londres, en la casa. Dice que la iglesia debería dejar de mandar misioneros para cambiarles el alma a los africanos.

Le dijeron que esas costumbres eran salvajes, le dijeron que su estilo de escritura no era femenino, le dijeron que se había comportado como un hombre en sus viajes. mary mostró fotos y se defendió. Eso nunca: “antes muerta que con pantalones”. Las sufragistas la escucharon y la leyeron y entonces supusieron que era feminista. Eso nunca: para mary hay temas más importantes en el mundo que el voto de las mujeres en una isla oscura. Tampoco quiere luchar por un lugar en la sociedad científica porque cree que ese es un lugar para los hombres; ella ya se ha procurado el suyo: “mi mundo no es el de las ciudades, sino el de los manglares, las ciénagas, los ríos y los bosques tropicales”. Y entonces vuelve a casa. 

Es que mary kingsley es todo eso: burguesa, señorial, exploradora, victoriana, intrépida, graciosa, resuelta, conservadora. Sus batallas no son las de esas mujeres inglesas que buscan ganar la calle y algo parecido a un cuarto propio. Ella ha salido directo de la casa a la selva sin pasar por la calle. mary se ha procurado un continente propio sin librar ninguna batalla más que con los insectos.

Cuando mary kingsley todavía era la señorita encargada de las labores de su casa en londres y accedía a los pedacitos de mundo que su padre le traía anotados, el imperio británico había sido humillado en sudáfrica en la guerra contra los boers, que le arrancaron su independencia a los tiros y no le quedó otra alternativa que firmar una tregua. Era 1881. En los años siguientes la paz se sostuvo con alfileres hasta que los buscadores de oro encontraron en una montaña el mejor filón que iba a hacer ricos a todos, y ahí, en territorio boer, se concentró la codicia de cada nativo y cada colonizador. Todos quisieron su oro y la segunda guerra bóer estalló. El año es 1899.

mary es famosa en inglaterra, está de vuelta en casa y es la reina blanca de áfrica. Con las noticias de la guerra se alista como enfermera voluntaria para ayudar a los nativos del sur y lo que sigue pasa rápido y confuso, como en los sueños: se contagia de tifus en el hospital mientras los británicos avanzan, se declara el fin de la guerra y sigue la guerra de guerrillas, el tifus vence al cuerpo de mary kingsley y ella les pide a todos que no la manden a londres, que la sepulten en el mar y que por favor no la vean agonizar. Como los animales, mary kingsley se retira a morir sola. Tiene 37 años.

Cuentan que su último paso de comedia lo hizo en el ataúd que se negaba a hundirse. Los boers debieron ir a buscarla entre las olas y atarla a un ancla antes de verla desaparecer.

Texto @andreacalamari Ilustración: aldana.fiandrino

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