La extraña dama

Cómo la aparición de una noticia cualquiera puede dar con la memoria de tu madre.

Por esdian.

Ilustración: @evelina.ilustra

La cuarentena nos ha sorprendido en diferentes lugares, momentos y circunstancias. Eso no es algo nuevo. Nos ha alejado de personas o como en mi caso, nos ha obligado a permanecer en un único sitio, espero, no definitivo.

Después de 15 años, volví a mi primer hogar. La casa que solía ser de mi papá y de mi mamá. En los últimos años algunas cambiaron, mi cuarto ahora es un anexo al enorme ropero de mi mamá, donde allí descansan distintas temporadas de las mejores marcas de ropa. Chaquetas con hombreras, vestidos con lentejuelas, tapados de piel, botas blancas, plataformas, taco chino, vaqueros acampanados, nevados, mucho tiro… la mejor colección de pulovers descansa en uno de los estantes de ese ropero.

Desde la primera vez que me fui – cuando aún no había cumplido los 18- muchas cosas cambiaron, como mi cuarto y otras siguen intactas. Sólo hay que saber en qué cajones mirar.

Con mi vieja, siempre fuimos dos desconocidas. Extrañas viviendo en la misma casa. Ninguna sabe mucho de la otra. Excepto por dos detalles. Dos cassetes.

De chiquita solía entretenerme revisando el cajón de su mesa de luz.

Me gustaba descubrir qué cosas atesoraba.

Pulseras de fideos, dibujos hechos con yerba, cremas con perfumes exóticos, fotos en donde su pelo lacio estaba enrulado, y un cassette de Valeria Lynch. A mí me gustaba abrirlo, leer el folleto, pero cuando escuchaba que alguien estaba cerca, lo soltaba, dejaba todo en su lugar y cerraba el cajón.

Mi mamá también tenía un walkman sobre su cómoda. Una tarde me puse los auriculares y apreté play. Me acomodé en su lado de la cama y ahí me quedé, ese día y otros en los que ella planchaba en la parte de abajo de la casa. Con el tiempo, me aprendí los temas de memoria.

Una noche, mientras cenábamos, apareció ella en la pantalla del televisor. «La chica del #cassete», dije sorprendida, deschavándome a viva voz.

Mi mamá me escuchó, pero no dijo nada.

Empezó a cantar mientras nos servía una porción de risotto a mí y a mi hermano.

Cuando terminó la canción, me clavó la mirada. Quería meterme adentro del plato de arroz.

–¿Anduviste revisando mi cajón?— dijo cuando se sentó.

Yo no supe qué responder. La miré y me di cuenta de que su peinado era igual al de la chica rubia que estaba en la pantalla.

Al día siguiente, el cajón estaba cerrado con llave.

Los años pasaron, empecé a atesorar mis propios cassetes como hacía ella.

El primero que tuve fue uno grabado. Un TDK que mi primo @boya_laescotilla me armó la primera vez que escuché a los Ramones. La cinta tenía brain drain. Lo escuchaba a toda hora. Si salía lo llevaba en un walkman Aiwa que había conseguido en oferta en el tower records de cabildo y juramento.

Hasta que me lo robaron.

Volví a casa esa noche llorando. Mi walkman era como mi mano izquierda #zurda.

Me dormí pensando en todas las monedas que le faltaban a mi alcancía para poder conseguir uno igual.

Esa noche, mi mamá me dejó su walkman en la mesa de luz. Era un modelo viejísimo. A la mañana lo abrí y estaba el cassete de valeria. Hacía años que no lo veía.

Durante esa semana solo escuché esa cinta. Iba y venía de la escuela, con una remera de attaque77, pero en mis oídos cantaba ella, la extraña dama.

Una tarde, mi mamá me pidió que la acompañara a comprar el regalo de cumpleaños para mi hermano. Entramos a un Musimundo sobre la Av. Rivadavia. Me perdí entre los discos de ramones. Estaba el que me habían robado.

Lo agarré. Miré el precio y lo dejé.

Mi mamá me preguntó si lo quería.

Le dije que no. Mi primo ya me había armado otra copia en cassete.

Llegamos a la caja, ella estaba revisando su billetera, cuando lo vi en la fila.

Era el guitarrista de attaque. Lo había visto tantas veces, en la tele, en los folletos de los discos de mi primo, que me parecía un holograma.

Mi mamá me preguntó por qué lo miraba tanto y le dije.

Para ella todos los que me gustaban eran unos cirujas, los ramones a la cabeza. -Anda a saludarlo- me dijo.

No quise, me daba vergüenza.

Entonces ella, con su pelo rubio ceniza agarrado a una colita de pelo, espléndida, siendo la versión de barrio de valeria lynch, lo increpó diciéndole:

«Nene, ¿vos tocas en un conjunto?»

Todavía recuerdo mi expresión, cuando escuché la palabra “Conjunto». Quería desaparecer.

Mariano se dio vuelta y le dijo: «Sí señora, en attaque 77». Mi mamá le pidió un autógrafo y de paso le explicó cómo planchar la camisa leñadora que tenía puesta.

Mariano le firmó uno a ella y otro a mí. Ella volvió al lugar de la fila donde estaba yo, petrificada, me dio la papeleta y solo alcance a saludarlo con la mano.

Mi mamá pagó el disco de metallica para mi hermano y mientras caminábamos hasta la parada del colectivo me dijo: -Amoroso el muchacho, dejame un cassete de él a mano-.

A los dos meses cumplí años, me regalaron un discman y el disco de ramones.

Sobre el cassete de brain drain, le grabé a mi vieja el disco más lindo de attaque 77 para que pueda escucharlo en su walkman.

Pasaron más de 20 años de ese encuentro.

Hace unos días buscando algo de ropa que me abrigue en este invierno que me agarrá con una sola valija de verano, revisé todo el ropero. Las mejores prendas de los años 80 están cuidadosamente guardadas, para volver a usar de un momento a otro, y los dos cassetes, el mío y el de ella descansan juntos en su mesa de luz, junto al walkan y al autógrafo de Mariano.

¿Qué hice?

Vestida con las mejores prendas de mi mamá, me tiré en su cama a escuchar la cinta. Como esa extraña dama, que está dispuesta a vencer.


texto: @esdian ilustración: @evelina.ilustra

 

 

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