Cremas baratas

Tres historias sobre el amor y el sexo: Rato libre, Cambio chico y Pico y pala.

Por romina tamburello.

Arranqué un derrotero velando a la que había sido, tratando de encontrarme en tu ausencia.

Fueron varios. Al primero mis amigas le pusieron Rato Libre.

“Che, tengo un rato libre… ¿Nos vemos?”, decía.

Tejimos una rutina en sus tiempos muertos. Yo me acomodaba, estaba sola en nuestra casa y las tardecitas me deprimían. Rato Libre me ofrecía esa fracción de tiempo que me rescataba.

Había un acuerdo tácito entre nosotros, esos momentos no se estiraban. Él no lo ofrecía, yo no lo pedía. Pasaron unos meses en los que me conformé con su austera presencia. Tenía oído para el sexo y eso era más que una excusa para verlo. Rato Libre era un spa y a la vez un baño público. Nos hacíamos bien y nos decíamos cualquier cosa, no había límite. Me enseñó que cojo mejor cuando no estoy enamorada.

Era suficientemente educado como para hacer de cuenta que venir a coger era una cita. Se quedaba a mirar un capítulo de algo, algunas veces hasta cenábamos y cuando llegaban las doce decía: “Me llamo un taxi, así dormimos cada uno en su sobre”.

Hasta que pasó lo que, según mis amigas, estaba destinado a suceder. Empezó a estar cada vez más ocupado. No atendía mis llamadas, contestaba tarde los mensajes. Se disculpaba diciendo que estaba al palo y se mantenía presente en unos mails eróticos que desataban mis mejores pajas. Cuando nuestra relación se volvió digital, empecé a salir con otros que tenían más tiempo pero ¿Adiviná que? Cogían higiénico.

Extrañé el baño público y a la que soy cuando tengo sexo sin querer que se enamoren.

Un día lo vi, atendía una fotocopiadora cerca de una de las tantas facultades por las que pasé. Salió a la puerta, me dio un abrazo y un mate lavado. Antes de despedirnos me regaló un polvo contra una impresora que tiene un apartado en mi agenda sexual. Me fui sabiendo que ya no habría literatura virtual erótica ni pajas sin amor.

Me enojé, en ese momento no entendí la magnitud de su lealtad, ni lo inteligente de no pedirle ni darle nada a una mujer que se está separando.

Vino la recaída. Te extrañé más que cuando nos separamos. Me dí cuenta de que había pasado poco tiempo, tan poco como para que la maquinita de afeitar que usabas para los pelos del pecho siguiera ahí. El vacío me metió en un pozo del que me sacó Cambio Chico.

Lo conocí en un asado de compañeros de facultad de una de las carreras que no terminé. Un rubio con una cara de nene y voz grave. “¿Tan hermoso va a ser este pibe?” le pregunté a mi amiga. “Les gusta a todas”, contestó. Cambio Chico surfeó entre los piropos y terminó sentado al lado mío. Me preguntó qué música me gustaba, tocó en la guitarra un tema de Virus.

Lo amé. Bueno, como amaba en esos momentos, inventando intensidades para no volver a casa y ver tus huellas borroneandose.

A las dos semanas me invitó a comer. Cuando llegó la hora de pagar. Me preguntó “¿Tenés sencillo?”. “Deja, pago yo” dije. A los tres días pedimos una pizza y vimos una peli en casa.  “¿Pagas vos y la próxima yo?”, preguntó. La próxima se despachó con: “Yo soy feminista ¿Vamos a medias?”.

Cambio Chico tenía tiempo y participaba de mi vida pero cada vez que había que sacar la billetera, se quedaba callado, mirando hacia adelante. Inmutable.

Había otra cosa más: tenía una pija rara, corva. Algunas poses eran imposibles. El sexo era sólo en cuatro o torsionados. Tampoco le gustaban las guarangadas que nos dispensábamos con Rato Libre “¿Qué es esa necesidad de hablar mientras cogemos?”, me dijo un día.

Salimos cuatro meses. No resistí un quinto.

Lo dejé. Me sentí materialista y anatomista ¿Qué culpa tenía él de ser cuidadoso con la plata y tener de ese pito?

Me fui como una rata. “Sigo enganchada con mi ex, perdóname, vos no te merecés esto”, le dije. No era una mentira tan absoluta, porque al nuestro duelo se le sumaba el idilio sexual con Rato Libre.

Cambio Chico no pidió una oportunidad, se fue con su garfio a otra parte. Estoy segura que hoy hace feliz a alguna chica mucho mejor que yo.

El tercero fue, para mí, un caso de laboratorio. Para mis amigas, de manual. “Pico y pala”, le pusimos.

No era intuitivo en el sexo como Rato Libre pero no me juzgaba y hacía la tarea. “Quiero aprender que te gusta, darte un placer que nunca hayas sentido”.

Fuera de la cama era igual, pagaba siempre, quería conocer a mi familia, a mis amigos. A la tercera semana los presenté. A todos les cayó bien, era divertido, gracioso, no paraba de abrazarme y elogiar mis piernas. Ojo, no era el típico boludazo del que son fanáticas las suegras, era original en su generosidad. Sabés más que nadie que mis amigos son un público difícil. “Nos gusta que esté tan caliente con vos como para bancarse nuestra endogamia”, decían y lo invitaban a todos lados.

Era un obrero del amor, tenía una amabilidad voraz y una necesidad de ser amado que daba ternura. Era un chico bueno que cogía como uno malo. Me ahorró su lado oscuro y el aburrido.

Lo que más me gustaba de Pico y Pala era que tenía algo que a vos te faltaba: me había convertido en su objeto de deseo y eso me tenía encantada ¡Esa era la palabra! Encantada por ese príncipe que ponía primera y aceleraba sin importar qué había adelante.

Salimos casi un año en donde proyectamos todo lo que nosotros habíamos dejado en pausa. Esos meses no te extrañé.

En la velocidad no me la ví venir: a días de irnos a brasil con pasajes sacados con la tarjeta de mi viejo, me llegó un mail.

“Gor siento que me estoy perdiendo en vos. De tanto darte me estoy secando.  Y no porque no me riegues. Lo de los pasajes es hermoso. Pero no sería honesto si no te digo que irnos sería un error. Soy de esas personas que se exprimen hasta extinguirse. No me quiero extinguir.  Me olvidé de mí, de los amigos que no son tus amigos, de mi familia que no es la tuya. Sé que el amor es donde estás vos, también sé que no es ahora. Te amo para siempre. Yo”.

¿Un mail? ¿Así va a terminar esto? Respondí por el mismo medio.

“Hola. Dale, andá a regarte el orto. Averigüé en la agencia que si pagamos una multa le devuelven la plata a mis viejos. Son cincuenta dólares ¿La ponés toda vos o estas muy exprimido? Yo”

Me los llevó, me dio un abrazo que rechacé y no volví a verlo.

Hasta el día de hoy no entiendo su inconsistencia, sobre todo por lo boluda de su explicación. Me lo saqué del cuerpo con un par de duchas ¿Iba a ser así después de vos? ¿Amores inventados y duelos cortos? El peso de nuestra historia seguía adherido a mi piel como esas cremas baratas que no se absorben ¿Iba a ser así?¿Los demás iban a ser recreos para dejar de pensarnos? Reconocí que esta vez había algo diferente, la que quedó vacante cuando se terminó la que era con vos tenía una certeza: algunos van a terapia, charlan con amigos, se tiran a llorar o se vuelven obsesivos del gimnasio. Yo a vos te quería a velar cogiendo.


texto: @romi_tamburello ilustración: @camiliberrondo

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