Una vuelta en bici por américa

Trashumantes a pedal. El deseo y el viaje como experiencia de vida después de los 50. “Nada nuevo nace de la comodidad”.

Por lili silvanelli & poli verrúa.

Un día decidí que quería traer un gran sueño al terreno de los proyectos. Me latió que ese AHORA era el único momento que tenía, y que los “pero” solo eran los disfraces que yo misma le ponía al miedo. Mi sueño era viajar de una manera más lenta: en tiempos sin tiempo, despojada de todo lo que no fuera estrictamente esencial. Deseaba conocer los paisajes; los geográficos y los humanos para respirarlos en cada rincón y en bicicleta.

Salimos con mi gran compañero un día de marzo, livianos de posesiones para volver casi 2 años después repletos de todos esos regalos que no ocupan lugar en el equipaje.

Me instalé muy cómoda sobre los almohadones de las palabras para disfrutar esos paisajes deslizarse en las ventanas abiertas de mi bicicleta. Pedaleé trepando las cerranías de nuestro norte argentino con mis dos ruedas a fuerza de piernas y tesón. Respiré la yunga de salta y jujuy mientras contaba mariposas y armábamos campamento en cada comunidad o ruina prehispánica.

Atravesé la primera línea fronteriza para llegar a esa bolivia que te devuelve las tradiciones ancestrales que el cemento nos robó. Rodeé el titicaca a puro sol y aprendiendo a vivir en escasez de oxígeno rozando tiwanaku y las nubes. Me sorprendí en los relatos de tantas culturas pre incaicas del perú, en las excavaciones actuales de tumbas contemporáneas con la de la lejana mesopotamia. Me emocioné ante cada construcción Inca y todas esas piedras inmóviles llenas de vida, y conocí el océano pacífico —que no es casi nunca muy pacífico— y dibujé sus márgenes por casi 2000 km con el gran desierto a la derecha en mil dibujos y formas. Armé citas cada tarde con el vuelo de las bandadas de pelícanos que siempre van hacia el sur. Dediqué tiempos celestes a mirar ballenas jugando con sus crías en esa inmensidad de la pequeñez. Hundí las manos y la curiosidad en las cosechas de cada región (plátanos, arroz, papines, pitahaya, cupuazu, café, etc), invitada de lujo al gran banquete de frutas exóticas y novedosas.

Atravesé la línea del ecuador y el agua siguió girando en el mismo sentido. Subí y baje mil veces la gran cordillera majestuosa hasta llegar al caribe. De camino cada día el cielo se cubrió y descubrió en rítmicas danzas de nubarrones de todos los grises. Las lentas gotas comenzaban lentas con sabor a festejo, despertando fragancias y pintando brillos en los verdes, en ese rocío que despabilaba del letargo caluroso. Pedaleaba esas lluvias amistosas en la incertidumbre seductora y aguardaba el momento en que el cielo se desmoronara y todos los sitios se vuelvan macondo.

Al bordear la costa más norte de américa del sur, fui propietaria de una playa paradisíaca cada día. Admiré toda la paleta de colores del mismo mar desde panamá hasta venezuela, y viví mil veces en esos hogares sin paredes que me maravillan, con sus contornos difusos en el calor monótono.

Descubrí que hay muchas personas ayudando diariamente de manera desinteresada y silenciosa, muchas mas que peligros. Encontré que tengo amigos de lugares que nunca imaginé. Pasé tiempos incontables viviendo en tribus y comunidades que no saben de internet ni estrenos de cine, que me creían afortunada porque les conte que en mi tierra tenemos 4 estaciones. Transpiré la selva que tapiza la cordillera en un crisol de retazos de mil verdes imaginados. Viví navidad y año nuevo en las costumbres de otras tierras. De a poco me fui adentrando en rutas con escenografías desérticas y esa pepa de sol que amenazaba con derretirlo todo.

Mientras tanto, los aromas ofreciendo todo un catálogo; siempre. Y el viento, ese murmurador que juega con sus dedos de vidrio, fue jugando apuestas con mi perseverancia.

Atravesé la amazonia contemplando como esa mata enorme amenaza todo el tiempo con devorarse la ruta, enredada en la “música” que proviene, altísima; de enigmáticos seres que moran allí dentro. Me enamoré del carnaval en ese brasil profundo y alegre. Lloré con las grandes extensiones de quemas, con la impunidad de las talas infinitas y la sonrisa se hizo mueca ante la cantidad de animales muertos en la ruta escapando de la amenaza.

Un día, después de todo un año, el sol ya no apareció trepado de una montaña, sino que brotaba del suelo, nacía del horizonte como una planta, y daba la sensación de venir a los saltos por la llanura. Todo ese tiempo grande, de minutos que no saben de reloj ni calendarios me habían cambiado los interiores. Me fue imposible encajar en ningún almanaque la enormidad vivida.

Sin televisión, sin teléfono, sin perfumes, sin destino, sin acelerador, sin electricidad, sin música, sin vestidos. Volviendo al pasado, cobijada por mil estrellas, oliendo a humo, con el coro de todos los grillos. Fui haciendo carne que después de cada curva es el tiempo incierto que no necesita que me agote pensando, previniendo.

Como quien no quiere la cosa, entre tantas horas sentada girando el pedal, en silencio, sin encuentros pactados ni agendas, y sin ningún tipo de certidumbres, todo despertaba reflexión: el trino insistente de un pájaro, las reacciones de los desconocidos, las manifestaciones culturales, el cambio del idioma aún siendo siempre “español”. Fue un genuino ejercicio del instinto.

Pertenecer a esa tribu sin fronteras me devolvió a la certeza de que todo el mundo esta conectado y las líneas artificiales del mapa –que tantas veces sirven para dividir— pueden ser un puente. Para lograr esa alquimia, el ingrediente mágico son los pasos del viajero, que hilvana las similitudes que lo hermanan.

Tomé registro que en el GRAN viaje de mis adentros fui tirando máscaras, escuchando el eco de mis pensamientos rumiantes, rompiendo prejuicios enlatados y llenándome de esperanza, que me  fui enamorando de todos, porque antes me fui enamorando de mi…  de mis defectos, de mis impulsos, de mi presente, de mi pasado.

Y de tanto poner la proa al sur, volví a casa a abrazar a la familia y a los amigos eternos. A reír sin tiempo. A compartir todos esos “cualquier día” perfectos, para confirmar que esta música siempre rima con mis ruidos.

En rosario (argentina) me encontró la pandemia cuando estaba logrando que mi alma llegue también. Toda esta vivencia previa de incertidumbre perenne ahora se volvió vital para la cotidianidad, pero ya con lujos enjaulados en cemento: ducha caliente disponible, café, y ropa que hace juego con el clima y mis ganas, pero que a veces no compensan estas cuatro paredes que se estrechan de a ratos.

Hoy sigo mi travesía para sentirme a gusto con vivir, envejecer, reír, llorar, jugar y todas esas acciones que puedo ejecutar. Día tras día voy atrapando instantes, charlas trascendentales sobre cotidianidades y encaro tours por las fotos de papel de hace añares.

Ahora convivo con mis pequeños desórdenes a veces monstruosos, que me susurran ideas al oído. No los quiero erradicar ni domesticarlos, me gustan así, revoltosos y molestos, a veces incómodos; porque ya sabemos que nada nuevo nace de la comodidad.

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texto: @lilisilvanelli ilustración: @poli.verrua

lili silvanelli
poli verrúa