Que no te falten motivos para llorar

Intercambio epistolar de dos amigas desde rosario a barcelona

“Que nunca te falten motivos para llorar”. Tipeo la frase sobre la foto de una cebolla que recién corté y estoy por subir a una historia de Instagram. Estoy llorando mientras la escribo. Un poco por la cebolla. No puedo evitar agregar una frase secundaria, en letra casi ilegible: “Antiguo proverbio neocelandés”. Me río mientras la escribo.

Me decís que te encanta cuando escribo desde las entrañas. Que no me fuerce. Que algo va a salir. Te prometí hace semanas una nota y nunca la escribí, perdoname. Acá me tenés, rehogando cebolla mientras lloro. Me contás que te animaste a hacer pan casero pero te salió horrendo. “Lo tiré a la basura porque me quedó duro como una piedra”, me confiás. Me mandás un video en donde te mostrás haciendo ejercicios con el pan, como si fuese una mancuerna. Lanzo una carcajada. Son 16 segundos de delirio. Aventuras culinarias en tiempos pandémicos: podríamos escribir varios tomos. Pienso en mandarte también un video para hacerte reír pero no se me ocurre nada. Te digo que mires la historia que recién subí, sobre una cebolla.

Es una mierda escribir desde las entrañas, Flor. Hace algo más de un año que empecé a escribir en primera persona después de dos décadas de esconderme en escritos neutros. Sí, sé que te gustan esos textos y a mí también. ¿Pero sabés cómo se siente cuando entrego una de esas notas? Como esos sueños pesadillescos en donde todos tienen ropa menos yo. Y vos me pedís que te escriba desde las entrañas. Amiga, te adoro pero no me pidas que salga en bolas y a los gritos. Bueno, está bien: en bolas y a los gritos pero con barbijo. Es lo mismo.

“Escribí lo que tengas ganas, escribí lo te salga del ano. Es más, si querés escribí de eso: cuarentena con el culo en la mano”, me decís en un audio, que sin querer queriendo rima. Hago un esfuerzo por no reír, pero sucumbo: “Qué tentador escribir sobre caca. Mirá, a mí me sirven las consignas, son como juegos literarios, ya me pongo a escribir”, te contesto riendo entre dientes. No encuentro el emoji del sorete sonriente, no sé cómo se clasifica entre otros emoji: ¿es una persona, un animal, un objeto de oficina? Me pierdeo en la estupidez de mis pensamientos. Una ex compañera de trabajo devenida en amiga me vio llegar una vez extremadamente alegre a la oficina. “¿Es otro de esos días en los que la gente piensa que estás feliz pero en realidad estás rota?”, me preguntó. Aún hoy la mantengo cerca, vos la conocés: de a ratos la odio, pero más la quiero, sé que es de las que me va a decir todas las verdades aunque duela. ¿Sabés que pasa, Flor? Cuando escribo desde las entrañas sale cualquier alimaña aunque al texto le ponga maña.

Me decís que cuando sepa que la mierda sale, duele pero no vuelve a doler, me voy a animar al salto. Me decís que tengo que escribir y contar historias porque son sanadoras. Te cuento que los días más tristes del encierro son los que no puedo escribir. Que los días que escribo hay otra energía. “Yo no estoy pudiendo, pero le hago lugar al vacío”, me confesás. Y juraría que podés anticipar lo que te voy a decir como respuesta: “Si es con papas, mejor”. Perdón.


texto: @ferblasco ilustración: @mon.gsilva