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Día 24 y día 37. Por paula arbelais

Ilustración @romi.do.mi

Día 24

Recién me estaba haciendo una infusión y me acordé de una pareja de canadienses que conocí en buenos aires cuando iba a mirar aves con un novio que tenía. Estaban conociendo argentina, cada año se hacían un viaje loco y potente. Estarían pasando los sesenta años, habían decidido no tener hijos, y en cada viaje que hacían escribían cartas que se enviaban a sí mismos. Ella me contó que al volver a casa se preparaban un té, se sentaban en la cocina y se iban leyendo las cartas del otro, leían sobre el viaje que habían compartido pero visto desde la narración ajena. Esto fue hace años pero me quedó grabado ese momento como si lo hubiera visto yo misma. De algún modo lo vi en mi mente, perfecto e ideal, la luz entrando a la cocina por una ventana enorme que da al campo. No estoy segura de si vivían en el campo o lo inventé. Una de esas ventanas con separaciones rectangulares de hierro oscuro que encierran paneles de cristal. Un gato o dos al sol, cerca de ellos, y el té.

Ese novio ya no lo tengo, pero creo que él tiene esa ventana, y ahora no sé si mi mente fabricó esa imagen o es casualidad, quizás es porque siempre me gustaron esas ventanas y me imaginé que la cocina de los canadienses, la cocina perfecta, sería así. Tal vez me junté con alguien a quien también le gustaban esas ventanas, podría ser. Quizás el alzheimer es así. Mi bisabuela después de los setenta y ya viuda, dicen, se vestía y se sentaba todas las tardes a esperar a que el Negro pasara a buscarla, porque estaban de novios. Ella se había quedado detenida para siempre en el momento más feliz de su vida: no en el casamiento, ni en los hijos, ni en su infancia, sino en el momento en que, arreglada para salir, se sentaba a esperar a que su novio la pasara a buscar.

Día 37

Hace un rato mi hijo se estaba quedando dormido y me pedía la mano, la mano, la mano. La agarra y se la lleva entre la cara y el hombro, se acomoda y ahí se calma. Últimamente cuando lo duermo se me aparecen muchas imágenes sin que yo las llame. Pensaba en la gente que no vi más, en esos vínculos que ya no existen pero donde no hubo una pelea, ni gritos, ni llantos, sino que la relación se fue disolviendo en un aire espeso de cosas no dichas, de heridas pequeñas pero inolvidables como los cortes con papel. A veces pasa el tiempo y entiendo mejor por qué quedó todo tan pesado y silencioso, otras veces, no. Pero siempre me queda como algo rasposo, que no sé si es pena o incertidumbre, y siento la necesidad de una despedida, de aceptar la pérdida y cerrar el asunto.

Al fin y al cabo los duelos siempre se hacen en la ausencia del otro. No me gusta sostener cosas densas en el aire porque las siento conmigo cada día, aunque no piense en ellas parece que me aplastaran un poco. ¿Puedo despedirme para siempre de alguien vivo? ¿Cuándo dar por enterrada totalmente una relación? ¿Se puede hacer un duelo aunque el destino sea una incógnita? ¿Los vínculos resucitan o se destruyen y se reconstruyen, cuando lo hacen, como esos jarrones japoneses con grietas de oro? Hace unos días conversaba con una amiga que quiero mucho y que quedó en argentina, ella me hablaba de una noche juntas en buenos aires que vamos a recordar siempre, y me decía que las cosas con amigos uno las vive pensando que van a durar mucho tiempo, pero que después pasan y nunca vuelve algo igual.

Ahora que casi no hay fotos en papel, saco de mi cajita mental imágenes virtuales de esos momentos, sonrío con una mezcla de nostalgia y de agradecimiento, y las vuelvo a guardar.


texto: @pau ilustración: @romi.do.mi